| BEIJING (II) La plaza de Tian'anmen
Posteado por Estela García (Maitreya)
Gracias a la buena ubicación de nuestro hotelito la plaza de Tian'anmen nos quedaba a unos diez minutos andando y fue nuestro primer objetivo.
No es difícil localizarla, en cuanto te acercas se ven montones de autobuses que cargan y descargan turistas, te tropiezas con señores que venden banderitas de rojas con estrellas y, allá a lo lejos, las cometas señalan el lugar exacto. Quizá a nosotras nos ayudó el hecho de que fuera la semana de en la que todos los chinos afortunados tienen vacaciones (los menos afortunados siguen trabajando para atender a los demás). Con tanto turista, nacional e internacional, es más fácil guiarse por la masa, aunque también tiene sus inconvenientes, como cuando la masa te empuja y tienes que seguir el paso que te marca (véase la Ciudad Prohibida).
Eso sí, una cosa es saber dónde está y otra muy diferente, averiguárselas para cruzar las avenidas que la rodean. Aquí no vale la técnica china que aprendimos en Hangzhou (cruza, no mires, que paren los coches), hay demasiado tráfico así que conviene utilizar los pasos subterráneos e incluso las bocas de metro, con la dificultad que conllevan porque al estar bajo tierra es difícil orientarse y decidir cuál de las dos o tres ramas coger. Una vez más, prueba y error: ayyy pero si aquí no era, vamos a probar con la otra (no debemos olvidar que somos prácticamente analfabetos en este país, aunque vamos haciendo lentos progresos).
Con lo primero con lo que te tropiezas es con el mausoleo de Mao. Nos extrañó no ver a nadie entrando así que después de mucho mirar el cartel con los horarios, el reloj, el cartel de nuevo, la puerta cerrada, y el cartel una vez más, dedujimos que no es que hubieran cerrado para comer, sino que durante esa semana había días en los que estaba cerrado al público. En cualquier caso, el día que fuimos a la Ciudad Prohibida, el mausoleo estaba abierto pero había tal cola que decidimos rendirle los honores desde fuera y dejar que fueran otros los que esperaban su turno bajo el sol aplastante. Al fin y al cabo, ver a Mao no es una de las tres cosas que obligatoriamente haya que hacer antes de morir ¿no? (Si resulta que me equivoco y que sí que lo es, avisadme, que aún estamos a tiempo de volver).
Detrás del mausoleo está la plaza en sí que no es como nos la imaginábamos.
Quizá fuera porque no parece tan grande como es, o porque había mucha gente, aunque en realidad creo que es porque había innumerables elementos ajenos a la plaza como son unos enormes bloques grises (seguridad ¿?) una hilera de autobuses, otra de vehículos policiales, así como numerosos puestos de venta de refrescos y unos jardines que, aunque bonitos, es obvio que no venían en el mismo paquete que la plaza. En los jardines están representadas las construcciones más representativas del país, como son la presa de las tres gargantas, el Potala, el tren que une Beijing con Lhasa y las mascotas de las olimpiadas: nada más y nada menos que 5, tantas como sílabas tiene en chino la frase Bienvenidos a Beijing (de hecho, los nombres de las mascotas se corresponden con cada una de estas sílabas).
Y al fondo, o para ser más exactos, al norte de la plaza, está la imagen más representativa, la puerta con la foto de Mao tras la que se encuentra el acceso a la Ciudad Prohibida. Fotos obligadas pero nada más, esa visita la dejamos para el día siguiente con la idea de dedicarle todo el tiempo que se merece.
Nuestra última parada en la plaza es El Gran Salón del Pueblo, lugar donde se reúne el congreso. Según la guía aquellos con sentido de grandeza disfrutarán visitando sus salones y el auditorio con capacidad para 10.000 personas. Nosotras debe ser que no tenemos ese sentido, o que está algo adormecido porque pasamos por él sin pena ni gloria. Sí, es cierto, es grande, amplio, pero más bien oscuro y triste. Hay un par de salones de reuniones con más gracia pero en general el estilo chinoviético no nos gustó demasiado.
MAITREYA
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