| EL VIAJE A GUILIN y YANGSHUO (II YANGSHUO)
Posteado por Javier Pérez
Continuación de "EL VIAJE A GUILIN y YANGSHUO" Yangshuo es un pueblo que, en gran medida, ha centrado buena parte de su actividad en el turismo. Hay más cafés, probablemente, que en cualquier otra capital china, y el inglés es casi un idioma co-oficial. Sin embargo, en un equilibrio sumamente frágil, sabe mantener la vieja esencia de la China profunda, que es lo que siempre esperamos encontrar en cada lugar al que nos desplazamos.
3. 11. 06 YANGSHUO
Tras alquilar unas bicicletas de montaña (por 10 yuanes al día, ó 1 euro al cambio), nos adentramos por caminos estrechos que acabarán convirtiéndose en senderos y atravesamos campos y pequeños pueblos que de ninguna otra forma hubieran podido ser accesibles. Desde la Colina de la Luna, y un poco cansados por la falta de costumbre a tanto pedaleo, el grandioso espectáculo que se contempla reconforta hasta lo más profundo de cada hueso. A pesar de que sabe que éste es uno de los lugares desde donde más objetivos se han disparado ya, no se puede evitar usar la cámara y descargar unos cuantos fotogramas más ante el temor de que, en el futuro, la memoria pudiera traicionar el recuerdo de todo lo visto y vivido. A la vuelta, es posible visitar unas cuevas donde, según afirman, se refugiaron los habitantes del lugar tras la invasión japonesa (aunque hacerlo exige una cierta práctica en espeleología y nosotros declinamos). La vuelta a Yangshuo, ya al anochecer, se convierte en terriblemente peligrosa: nuestras bicicletas carecen de señal luminosa alguna, y en el camino nos cruzamos con peatones, otras bicicletas invisibles e innumerables camiones que, contra la lógica más evidente, parecen ser capaces de esquivar lo que no se ve.
4. 11. 06 YANGSHUO – GUILIN - HANGZHOU
Uno de los mayores placeres en Yangshuo, creo que ya ha quedado claro, consiste en alquilar una bicicleta y lanzarse a recorrer los caminos de alrededor. Ello permite, sobre todo, visitar otros pueblos donde el extranjero es todavía un personaje incomprensible de aspecto, lenguaje y costumbres difíciles y extravagantes. Los grandes sombreros de paja para combatir el sol se divisan a lo lejos, agachándose e incorporándose entre los campos de cultivo. La vida se adivina dura, pero quizá menos ingrata de lo que a nosotros nos parece a simple vista. La prisa parece no existir. Algunos niños se nos acercan y nos piden 1 yuan por dejarse fotografiar. A la entrada de los pueblos, uno puede avituallarse de agua porque el calor, en esta parte del planeta, aprieta lo suyo incluso en noviembre. Todo el mundo se dedica a su tarea, y podemos permitirnos observar sin mayor preocupación. Son instantes que nunca querríamos olvidar, pero ni siquiera las fotografías podrán retener el olor, las voces o la atmósfera que constantemente afluyen desde cada rincón.
La libertad de moverse en bicicleta por Yangshuo y alrededores no tiene parangón; ello solo justificaría el viaje a un país tan variado como China. En Yangshuo, además, nadie pretende engañar al turista (saben cuál es su negocio), por lo que éste se halla, probablemente, en uno de los lugares más afables, tranquilos y hermosos del planeta. En esta última jornada tomamos un bote desde el mismo Yangshuo y, con la apacible tranquilidad que proporciona un pequeño bote de bambú a motor, nos movemos sobre el agua sin mayor prisa que el deseo de llegar lo más lejos posible con la mirada. La sensación es abrumadora: hay que recurrir a las fotografías para describir algo de la maravillosa fascinación que causa. Los picos, múltiples y con nombres relativos a las formas a las que se asemejan, rodean por doquier la pequeña barca de madera que zigzaguea de orilla a orilla. Así se completa esta pequeña excursión inolvidable.
A media tarde, tomamos un autobús con destino Guilin, para desde allí coger esa misma noche un avión con dirección a Hangzhou.
Fin de fiesta.
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